miércoles, 18 de marzo de 2009

Mundo de contrastes


Me hubiera gustado tener una cámara para mostrarles una imágen que me impactó hoy cuando esperaba a que el semáforo cambie de color. Pero ya que no pude sacar la fotografía, me atrevo a describirles la escena que inspira esta entrada. En la acera, sentado al borde de una muralla baja, un niño indigena descalzo, harapiento, desnutrido, con los cabellos y la cara sucios, mirando los autos que pasan. Frente a mí, en claro contraste, una camioneta último modelo - no recuerdo qué marca, y eso no viene tanto al caso - rebosante de lujo. Vivimos en un mundo de extremos, donde el pobre es tan pobre que a penas tiene para sobrevivir, y el rico es tan rico que no sabe qué hacer con su dinero. Nadie critica al dueño de esa camioneta. Talvez esta fue comprada con el sudor de su frente, honéstamente. Ante la duda hay que aplicar la regla que ya desde el Derecho Romano se conoce como "in dubio pro reo", o sea, en caso de duda se esta a favor del reo, del acusado, o en este caso de esa persona señalada con el dedo imaginario. Nada más destaco esos dos extremos, esos polos opuestos que son el resultado de una sociedad enferma, con profundos problemas, valga la redundancia, sociales. Una sociedad enferma de indiferencia que ya no se conmueve ante escenas como esta, considerándola algo más de lo cotidiano.
Solo nos quejamos, decimos, "pobrecito". Y mientras nos quejamos, no hacemos nada - me incluyo - para sacar a ese niño, que es sólo una muestra de miles de niños que sufren la misma suerte, de esa injusticia. Talvez le demos unas pocas monedas, y hasta debe haber un alma caritativa que atine a darle un pan, sacado de la enorme bolsa recién comprada en el supermercado. Pero el problema sigue ahí, en el sufrimiento diario de esa criatura que con toda seguridad dormirá a la noche en ese mismo lugar donde ahora se encuentra sentado, mirando al mundo sin una luz de futuro en los ojos. Y el drama es más agudo aun cuando se trata de un niño de la calle indígena. Ya por el hecho de ser indigena, es desplazado - y eso que supuestamente no hay xenofobia en nuesto país - es despreciado y su familia toda se ve forzada a mendigar, al no tener siquiera la tierra que originalmente era suya y que nos la apropiamos.
El problema es tan profundo que, aun cuando cada quien aporte su granito de arena, será muy dificil acortar ese puente de contrastes que separan a esa criatura indigente del propietario de esa camioneta lujosa. Y, mientras tanto, esa imagen forma parte de nuestro día a día, de nuestro mundo de opuestos. Sólo queda llamar a la consciencia, dar un poco de nosotros mismos, y ojalá que esa persona que va manejando su lujosa camioneta, con aire acondicionado y todos los chiches, mire a su costado y también se conmueva.

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