martes, 21 de abril de 2009

Algo bueno para compartir


Manejando por la ciudad, se ven muchas cosas, buenas y malas. Hoy quiero contarles una cosa buena. Una sorpresa grata, un gesto que me llamó la atención y que quiero compartir con ustedes.
Como suele ocurrir, en la ciudad plagada de autos, unos más lujosos que otros, al dar la luz roja nos amontonamos en fila india, esperando la señal de largada, como en una carrera, para continuar nuestro camino por ese río caudaloso llamado tráfico. A nuestro alrededor, estan los personajes de siempre. Un señor vendiendo fruta de estación, niños arapientos preparados para limpiar los parabrisas a cambio de míseras monedas. En una vereda cercana, dos señoras, rodeadas de más niños, otro vendedor de frutas conversando con ellas... El sol quemando la tarde con su fuerte presencia luminosa.
Ahí, a dos autos de distancia, de una camioneta lujosa, compacta y de última generación, baja una señora joven y abre la portezuela trasera de su cuatro por cuatro. Cualquiera pensaría que su auto se descompuso, o bien, que la portezuela trasera no estaba bien cerrada y ella bajó para corregir ese detalle. Sin embargo, les confieso que no esperaba lo que siguió a continuación. Con un gesto de la mano, llamándola por sobre el ruido de la calle, indicó a una de las señoras sentadas en la acera que se acercara y después le dió una plancha entera de leche en cartón. Después volvió a subir a su vehículo, justo a tiempo para la luz verde. Sobra decir que luego de eso, la cara de la señora que estaba sentada en la vereda rodeada de criaturas estaba iluminada con una sonrisa amplia. ¡Por lo menos hoy sus hijos tendrían leche para tomar!... No quisiera pensar que fuera a darle otro destino que no sea la panza vacía de esos chiquillos descalzos, de edades que oscilaban entre los dos a los diez o un poco más de años.
Les cuento este gesto, para mí notorio y sorpresivo, con la intensión de contagiarles con esa alegría y esa esperanza que representó para mí ser testigo de algo tan fuera de lo cotidiano. No creo estar exagerando al llamarlo extraordinario y aplaudir de pie a la desconocida anónima que dió un poco de sí a otros que necesitaban más que ella. ¡Que linda forma de manifestar ese amor al prójimo del que tanto se alecciona y que poco se aplica! Ojalá más personas hicieran lo mismo. No necesariamente con una plancha de leche, sino con lo que pueden, con lo que está al alcance de sus bolsillos y su voluntad.
Por lo general cuando paramos con el auto ante un semáforo y un niño de la calle corre a nuestra ventanilla a pedir limosna, le damos esa moneda insignificante que más le aprovecha y tranquiliza a nuestra consciencia que beneficia a esa criatura. No olvidemos que lejos de convertirse en un futuro pan, generalmente, esa moneda termina ante el mostrador de cualquier despensa a cambio de cigarrillo o de caña para el adulto que utiliza a ese niño como mendigo. Es por eso que el gesto de esa mujer es digno de ser mencionado y quizás hasta copiado. Claro, como ya dije, esa señora que recibió la plancha de leche puede ir a venderla a cambio de otras cosas - hasta bebida alcohólica - en lugar de alimentar a sus hijos. Pero razonar así es sólo un signo más de que estamos acostumbrándonos a pensar mal del prójimo. Pensemos en cambio, tal como quizás deseó la dueña de la camioneta, que esa leche tuvo el destino deseado y más que nada, volvamos a resaltar este gesto humano que merece la pena ser imitado. Este gesto es como una pequeña chispa de luz en el oscuro egoísmo de nuestro acelerado mundo. Nos enseña que aun en el Mundo hay gente buena y dispuesta a dar una mano a su hermano.
Me despido de ustedes por esta vez con un proverbio chino que Lin Yutang transcribe en su libro "La importancia de Comprender":
La bondad en un balde es devuelta en un tonel.

Disfruten de la vida.

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