jueves, 2 de abril de 2009

Nos nace la desconfianza


A cualquiera le puede pasar. Hoy estacione mi vehículo cerca de un Shopping centrico y, por esas cosas de la vida, una de mis ruedas fue a posarse justo sobre un clavo. Sobra decir que la rueda se pinchó, y confieso que yo no se cambiar ruedas, además mi auto es grande y pesado, y no me considero Hércules. En fin, el niño, que por cierto me estaba guiando para estacionar, uno de esos que estan por ahí, cuidando los autos, se ofreció entonces a cambiarlo, bueno no se como pensaba hacerlo. Y detrás de él, llegó un vendedor ambulante y se puso a ayudarlo. La cosa es que de pronto tenía cuatro autoproclamados "gomeros" peleando con la pesada rueda cuyos tornillos se negaban a desprenderse. Mientras ocurria todo aquello, yo no podía hacer callar la voz de esconfianza que murmuraba en mi cabeza, preguntándose, que pasa si quieren asaltarme, tendrán buenas intenciones. Todos esos asaltos nuestros de cada dia, toda esa violencia con que se cobran los bienes ajenos, me llevo a esos funestos pesamientos de desconfiaza. Por fortuna, era una desconfianza injustificada, aquellas personas solo pretendieron ayudarme desinteresadamente. ¿No es genial que aun hoy, cuando todos parecen sumidos en su propio egoismo, existan personas dispuestas a ayudar al prójimo aunque más no sea para cambiar una rueda? Es un detalle pequeño, pero que nos enseña que aun hay personas dispuestas a pasar una mano a su semejante y que la desconfianza, aunque justificada, no siempre debe gobernar nuestras acciones.

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