miércoles, 10 de junio de 2009

La inseguridad nuestra de cada día

Ayer caminando por la calle, cuando ya empezaba a oscurecer, vi algo que me tomó por sorpresa y, si, me asustó. En la parada del ómnibus, estaba una chica aguardando el vehículo que la llevara, seguramente, de regreso a su casa. Ella tenía puesto el uniforme de su colegio, llevaba además una mochila bien cargada y en una mano un palo. Sí, leyeron bien, y no fue tampoco un error en la redacción, la chica estaba armada con un palo de por lo menos medio metro de largo. ¿Para qué quería ella tener un palo? La escena que vi a continuación aclaró mis dudas. Un grupo de chiquilines de entre 10 a 13 años, correteaba por allí, por sus ropas gastadas, sus zapatillas o zapatos - los que tenían zapatos - negros del asfalto y la suciedad, era lógico pensar que se trataba de esos niños que a diario piden limosna en los semáforos o bien se nos lanzan encima del parabrizas armados con sus consabidas herramientas para limpiar a medias y rayar los vidrios de nuestros vehículos. Ellos, como dije, corretaban, queriendo también subirse a un ómnibus. Y, ocurrió que al pasar junto a la muchacha del uniforme, esta los espantó como se espanta una mosca indeseable usando el siniestro palo de madera que llevaba en la mano. Ellos siguieron de largo y se subieron finalmente a uno de los vehículos públicos que el semáforo había atajado. Supongo que no es por casualidad que ella tenía ese palo. Muchos días y quizás años de esperar el ómnibus a la salida del colegio le abran enseñado que debía protegerse como sea de esos chiquillos. La triste verdad es esa, esos "chiquillos" casi siempre resultan ser ladrones, o, como los denomina la jerga popular, "pirañitas", asaltantes de poca monta que no dudan en atacar a sus víctimas, empleando la fuerza si necesario fuera, para conseguir el preciado trofeo que a veces no es más que un ultramoderno teléfono celular, una prometedora cartera o una billetera mal disimulada entre la ropa. Esta escena no es más que un pequeño fragmento del vivo retrato de la inseguridad instalada en nuestra sociedad, la inseguridad que obliga a una niña a andar armada con un palo para protegerse camino a casa. Una inseguridad que nos enseña a ser desconfiados hasta del rostro alegre de una criatura vestida de arapos. Una inseguridad que día a día tiñe de sangre las páginas de los periódicos, haciendo que desayunemos muertes cada vez más violentas. Es un retrato triste, gris, si se quiere, que nos muestra cómo vivimos hoy en día. Es más triste aun si se piensa que este grave problema de la falta de seguridad parece no tener solución rápida, o eso es lo que se desprende de la apatía de nuestras autoridades, y de la apatía propia por no reclamar a los responsables constitucionales de nuestra seguidad que hagan algo efectivo para mejorar la vida cotidiana.

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