miércoles, 15 de julio de 2009

Acaso es la falta de información la culpable


Cuando estaba en el colegio, hace unos cuantos años atrás, en Estudios Sociales, al estudiar la historia de nuestro país, aprendíamos casi al vuelo acerca de los habitantes originarios de nuestra tierra. Del montón de comunidades existentes apenas conocíamos a los guaraníes, que practicamente abarcaban o servían para denominar a todas las demás etnias originarias, talvez hayamos estudiado a los chamacocos, y a los guayakies, entre otros, pero entonces no sabíamos nada, o en todo caso, no nos enseñaban de la existencia de otras comunidades, de su riqueza cultural, de sus profundas tradiciones. No sabíamos nada. Hoy, hojeando al paso un libro que se usa actualmente en el segundo curso de la media, lo que llamábamos educación secundaria, pude leer acerca de comunidades indígenas de las que recién actualmente, con las informaciones constantes de los medios de comunicación, conozco. Y al ver nuestras calles innundadas de pequelos niños indigenas, descalzos, sin abrigo, enfermos, sucios, expuestos a todo, sin techo, apenas sobreviviendo de la caridad ajena, me pregunto si en parte no es el desconocimiento de esas riccas culturas la que ha favorecido que hoy nuestros pueblos originarios sobrevivan en la mendicidad, sobrevivan en la calle, a expensas del frio, del AH1N1, incluso del odio. Me pregunto si ese desconocimiento ha favorecido el desprecio con que históricamente se los ha tratado. Quisiera pensar que si hubieramos prestado oídos a conocer aunque sea un poco de esas culturas, a valorarlas y respetarlas, la situación en nuestras calles sería otra. Lo cierto es que hoy, con esa lluvia que cae mansa sobre la ciudad, y el frio que cala los huesos, una enorme cantidad de familias indígenas - en su mayoría niños que no alcanzan a tener ni seis años, pueblan nuestras calles y nuestras plazas, muriendo de frío y hambre. Sería bueno vencer tantos prejuicios, aunque más no sea para dar una mano a esos niños, a esas familias que hoy sobreviven en la crudeza de la calle. Abrir los ojos, mirar nuestras calles, informarnos, y ver la forma de ayudar, que el frío y las enfermedades no dan tregua. En fin, tomar conciencia de que son nuestros hermanos, y más además de eso, la sombra viviente de nuestros antepasados.

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