martes, 2 de noviembre de 2010

Noche de tormenta en diciembre



Llovía a cantaros, truenos y relámpagos agitaban la quieta madrugada,
alumbrando la oscuridad de la habitación. Las tormentas no suelen asustarme, al
contrario, me relajan, pero aquella noche no podía dormir, tenía los ojos
abiertos cual búho. Presentimiento de algo que ocurriría. Su memoria estaba más viva que nunca.
Habían transcurrido 5 años, pero tenía la impresión de que al mirar por la
ventana, volvería a ver su rostro casi infantil sonriendo como la ultima vez
que lo ví. Debíamos encontrarnos al día siguiente, pero aquél primer y último
beso que me dejo, quemando en mis labios, sorprendiéndome, fue el al adiós…
¿Por qué después de tanto tiempo, después de creer que las heridas se habían
sanado, volvía a pensar en él?
Un golpe en la puerta detuvo mis pensamientos. Estaba segura que no era
la tormenta, el viento quizás, pero el sonido volvió a escucharse, alguien
llamaba a la puerta de entrada. ¿Quién demonios podía ser a las tres de la
madrugada y con semejante tiempo? Lo ignoré, o por lo menos intenté ignorarlo
por un buen rato, pero el golpe no cesaba. Fui a mirar, tomé el paraguas que
descasaba junto al sillón y lo empuñé como un arma… Miré por la ventana sin
molestarme en prender la luz. Afuera solo se veía una sombra alta y oscura, debía ser
algún borracho, o quizás un psicópata buscando otra víctima para su colección.
Entonces habló.
- María, soy Gilberto, por favor, ábreme. – esa voz la reconocería en cualquier parte,
aun después de cinco años de no escucharla. – Por favor, tenemos que hablar.
No conteste. Trate de observarlo mejor, pero apenas había luz en la calle y la tormenta seguía
cayendo intensa. El repitió su pedido y yo ya no pude resistir, fui a abrir. Nada en él había cambiado, los mismos cabellos enrulados y oscuros, la misma expresión, la misma sonrisa, incluso su ropa era la misma que tenía puesta la última vez que lo había visto…No, no era el mismo, sus ojos negros tenían un brillo diferente, un misterio que
yo no conocía. Quise hablar, preguntando donde había estado, pero él levantó un
dedo y lo apoyó en mis labios.
- No me preguntes nada – dijo – de todas maneras no puedo decirte de donde vengo,
solo vine a traerte algo.
- ¿Pero?
- Esto es para ti. – dijo y puso en mis manos algo que primero no reconocí, y luego me
dí cuenta que era una llave – Cuando estés lista encontrarás la cerradura que
ella abre y podrás venir a donde estoy.
- Pero….
Me dio otro beso y se marchó, solo quedamos la fría llave y yo… Luego el estruendo de un relámpago lo alumbró todo y creo que me desmayé. Lo siguiente que recuerdo es despertar en mi cama,
con la luz del sol empujando las cortinas para entrar. Había soñado, solo eso. Pero en mi mano sentí de pronto
un frio y me di cuenta que era la llave, la misma que Gilberto me había
dejado…¡No lo había soñado! ¡Gilberto había vuelto por mí!
- María, es hora de tu medicina. – dijo Eustaquia la enfermera del turno de mañana.
Me miró con pena, ella era joven y parecía compadecerse de mi tristeza.
- De nuevo dormiste con la llave en la mano. Te lastimas cada vez que haces eso, pero tranquila, no
te la voy a quitar…
En el manicomio donde me tenían encerrada creían que esa llave formaba parte de mi obsesión depresiva. Por causa de ella, luego de verme probando cuanta cerradura encontraba en mi
camino, me tenían en ese lugar gris… Resultaba irónico que estuviera encerrada
y tuviera una llave, pero lo que nadie sabia es que yo había encontrado la cerradura. No era
cualquier cerradura, era la llave que abría y ponía en marcha la nave espacial
que me llevaría junto a mi amor. Solo contaba los días para escaparme e ir a
buscarla al patio de mi casa donde Gilberto la había escondido… ¡Si me hubiera
dado cuenta antes!

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