sábado, 23 de abril de 2011

Tejiendo historias 1 el mail, quinta parte

- ¡Una semana! - casi grité en la penumbra de mi habitación, alumbrada solo por la luz que proyectaba en mi cara la pantalla de la computadora y el amarillento resplandor de un velador junto a mi cama.
De pronto, sus palabras parecían haber tomado cuerpo, ya no se trataba de un futuro incierto, de una cosa lejana y ajena, sino de algo que pronto estaría viviendo. Y debía ponerme en marcha pues pronto la cuenta regresiva haría que la alarma sonara con sus pitidos estridentes, anunciando que el día había llegado.
Antes que nada, debía decírselo a mis padres. Lo haría mañana... Ellos simpatizaban con Manuel, no tendrían problemas en abrirle las puertas de la casa mientras mi amigo necesitara de albergue. Aunque sería la primera vez que algo así sucedería. ¿Y donde lo acomodábamos? Bueno, tampoco ese era un problema, pues nuestra casa era grande y sobraban las habitaciones, especialmente, luego de que mis hermanos se hubieran casado y formado sus respectivas familias. Así que el espacio físico tampoco sería un problema. No, no había problemas... Mentía, si había uno, y muy grande...Yo.
Sabía que con él cerca corría un serio peligro, y era el de revivir sentimientos que creía hacía tiempo enterrados. Sentimientos que además, solo podía achacarlos a mí, y de los cuales en nada le podía responsabilizar a Manuel. Después de todo, él nunca me había hecho promesas, nunca se había aprovechado de mí, aunque sospechara lo que sentía por él. Mirando una vieja fotografía suya, supe que la lucha sería ardua, necesitaría todo el valor de mis neuronas para no sucumbir una vez más a ese enamoramiento tonto que por él sentía.. Sí, sería una lucha.
Al día siguiente hablé con mis padres sobre la llega del nuevo huésped.
Mi madre me miró con suspicacia.
- ¿Y por qué no puede quedarse en su casa? - me preguntó.
- No tienen lugar, tienen alquiladas todas las habitaciones.
- ¿Y qué come? - preguntó mi padre, con la cabeza metida dentro del periódico.
- De todo. - afirmé.
El tic-tac del reloj se dejaba escuchar de fondo y en la radio sonaba un bolero, pronto llegaría el gran día y yo tenía que preparme. (continuará)

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