lunes, 4 de abril de 2011

Tejiendo historias 1 el mail, segunda parte

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Volví a mi cuarto. Allí reinaba el silencio y el desorden de las sábanas que había tirado al suelo en mi impaciencia por no poder conciliar el sueño. Así que me puse a hacer la cama, estirando las sábanas y acomodándolas como me resultaba más agradable, y, mientras lo hacía, me di cuenta que mi mente no me dejaría olvidar haber leído su nombre en la bandeja de entrada de mi correo electrónico.
Aquel era un nombre que significaba muchas cosas para mí, era un recuerdo, una sonrisa, miles de historias que se entrelazaban con otros tantos sueños no realizados. Significaba amor y a la vez dolor, cariño, y a la vez, un poco de indiferencia. Era el sinónimo vivo de soñar muy alto y después caer en picada una vez que abres los ojos a la realidad. Una realidad que no puedes negar, ni ignorar.
Al terminar de arreglar la cama, me senté en el borde y contemplé mis pies desnudos sobre el suelo como si ellos tuvieran la respuesta al montón de preguntas que se me agolpaban en el interior. Pensándolo bien, sí lo tenían. No tenía escapatoria, debía bajar al estudio y traer a mi habitación la computadora cuanto antes. De todas formas, sabía que no podría dormir sin leer por fin aquel correo cibernético.
Bajé las escaleras sin ruido alguno, en medio de la oscuridad gris que colmaba el ambiente del viejo estudio, y que debía su color a las luces del jardín que se filtraban por las cortinas extendidas sobre los grandes ventanales, divise mi computadora portátil y todos sus aditamentos, y subí a mi cuarto con ellos. En la habitación de mis padres reinaba el sonoro murmullo de unos ronquidos, signo de que mi padre se había vuelto a dormir, sin notar mi nueva incursión por la casa, todo estaba en paz, a excepción del corazón alocado que me latía en forma ensordecedora en el medio del pecho.
Abrir mi correo me pareció una tarea muy despaciosa aunque solo le hubiera tomado unos segundos al equipo para hacer todos los procesos de abrir programas y dejarme finalmente conectarme a Internet. Y allí, silencioso como un animal en cacería, aguardaba aquel correo en primera fila. (continuará)

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