sábado, 19 de noviembre de 2011

Testigo absurdo (cuento)

En la oscuridad de la noche todo parecía dormir. Hacía frío y la mayoría de la gente se había retirado a su hogar hacía varias horas. En una esquina cualquiera de la ciudad, dos hombres se cruzaron. Ninguno habló y no se saludaron pues no se conocían, pero de pronto un extraño abrazo los confundió. Todo sucedió entonces con la rapidez de un rayo, uno de ellos gritó como si algo le hubiera herido y cayó al suelo, mientras que el otro salió corriendo, llevándose el botín de su exitoso asalto. Nadie había visto nada.
¡Qué equivocado estaba! Unos ojitos verdes y luminosos lo habían visto todo desde un tejado cercano. Negro como la noche, Galileo el gato se encontraba en su puesto de vigilancia, a la espera de que algún descuidado roedor pasara por allí. No podía imaginar que su destino era ser el testigo más absurdo posible de un crimen. Galileo alcanzó a ver el destello de un gran cuchillo confundirse en el extraño abrazo de los dos humanos que caminaban por la calle justo debajo del lugar donde estaba. Galileo sintió que sus bigotes se erizaban.... Luego sus patas se pusieron en movimiento, quería gritar, ¡policía, policía, ese humano acaba de matar con un cuchillo a otro humano! Pero eso era imposible, no hablaba el lenguaje de los humanos, y además, quien podría hacerle caso a un gato callejero. Aun así, sin saber por qué, siguió al asaltante presurosa y sigilosamente, al menos quería saber a donde iba. Si había algo que Galileo no lograba entender era por qué los humanos parecían tan dispuestos a dañar a sus semejantes sin motivo alguno. Eso era algo con lo que Galileo no estaba de acuerdo. Fue por eso que lo siguió, sin realmente saber qué hacer para que el delincuente no se saliera con la suya. Llevaba unos minutos siguiéndolo, cuando de pronto, el hombre pasó cerca de una muralla baja y ¡bam! Galileo se abalanzó sobre   él.
- ¡Ahhh! - grito el hombre asombrado - ¿Qué demonios?
        Pero el gato estaba resuelto a no soltar a su presa. Lo arañó y despeinó con gusto mientras el hombre gritaba, pidiendo que le quitaran ese loco gato de encima. ¿Es que acaso se había metido en una torcida película de terror sin saberlo? En ese preciso momento, un policía que volvía cansado a su casa se topó con la ridícula escena del hombre peleando con el enloquecido minino. Tocó su silbato y llamó al orden, pero, por supuesto, nadie le hizo caso. La lucha continuaba sin pausas y ya el rostro del ladrón era un desastre de sangre y rasguños.
- ¡Quitenme este loco gato de encima! - aullaba el humano, y del bolsillo de su pantalón se cayó un cuchillo.
           El policía, que aun no comprendía porque un gato se comportaba de ese modo, se estaba por agachar para recoger la cosa brillante que se había caído del hombre, cuando alguien más se aproximó a ellos, gritando y arrastrandose...
- ¡Policía! ¡Detengalo! ¡Ese hombre me acaba de robar!
            Y como por arte de magia, Galileo dejó de atacar a su vapuleada víctima. El policía, que por suerte, era muy despierto y rápido para sacar conclusiones, sumó dos más dos y vio que el cuchillo que había caído al suelo estaba cubierto de sangre. De la ropa del asaltante, también, oportunamente, se cayo una billetera, que el policía pudo comprobar tenía una fotografía donde aparecía un señor bastante parecido al hombre que acababa de entrar en escena. El hombre que había gritado, acusando al tipo del cuchillo de haberlo atacado, volvió a caerse y desvanecerse. Así que el policía llamó a una ambulancia y a una patrulla, en cuestión de minutos, todo estuvo en orden.... y el gato Galileo volvió a perderse en la noche....
- ¡Maldito gato! - fue la única despedida que escuchó de parte del hombre que gracias a su espíritu de gatuna justicia había sido atrapado.


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